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Europa no está, ni se la espera (2ª parte)

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Mar, 7 Mar 2017

La crisis económica y financiera nos ha empobrecido. El desempleo juvenil genera el riesgo de una generación perdida. La desigualdad crece. La cohesión social está en peligro. Pero no existen caminos de solución meramente “técnicos”. La superación de los cuatro jinetes del Apocalipsis que afectan a gran parte de nuestra ciudadanía– desconfianza, hastío, resentimiento y decepción- requiere abordarlos desde la política. El proyecto europeo era (¡debería seguir siéndolo!) un proyecto de convivencia común con valores democráticos compartidos. Hoy tales valores están en jaque, y nuestra democracia corre riesgos. “La Unión Europea está rodeada de guerra e inestabilidad desde Ucrania a Turquía, Oriente Medio y el Norte de África. El flujo de refugiados y migrantes se ha convertido en un reto estructural que debemos afrontar juntos, con humanidad y visión de futuro. Somos testigos de las tendencias autoritarias que crecen en varios Estados miembros, y también del ascenso de fuerzas nacionalistas y xenófobas. Se están atacando la democracia y los valores fundamentales de la civilización europea moderna. Se cuestiona incluso la propia Unión Europea, que ha garantizado la paz, la democracia y el bienestar durante décadas” (Por una refundación de la UE).

A algunos puede llamarles la atención mi inquietud e interés por Europa, pero simplemente creo que Europa es la clave para solucionar nuestros problemas comunes, para proteger nuestros valores, para garantizar, en definitiva, nuestro bienestar, nuestra seguridad y nuestra democracia. Y como muchos otros, expreso mi preocupación por el resurgir de  nacionalismos caducos, populismos xenófobos, iniciativas aislacionistas... como resultado del fracaso de las políticas desarrolladas desde las Instituciones Europeas. Nos estamos (nos están) convirtiendoen euroescépticos. La Unión Europea como proyecto político corre grave riesgo, y hay que tener en cuenta que en un mundo interdependiente ninguna nación puede satisfacer por sí sola las necesidades básicas de sus ciudadanos ni garantizar la justicia social. La integración y la gobernanza supranacional son un juego de suma positiva. Nuestro modelo social europeo, basado en la democracia liberal y en la economía social de mercado, solo puede sobrevivir en un sistema de gobernanza multinivel, construido sobre la base del principio de subsidiaridad. La globalización está transformando el mundo. Necesitamos un gobierno europeo que defienda nuestros valores compartidos y que contribuya a una solución conjunta para los problemas que están amenazando a la humanidad. El mundo necesita una Europa que se proyecte al exterior, cosmopolita, que ayude a construir un sistema de gobernanza democrática global más efectivo, capaz de hacer frente al cambio climático y a la pobreza, que luche por la paz, que se involucre en la transición hacia una economía social y medioambientalmente sostenible.

Lo expuesto puede parecer un simple cuento de la lechera. Puede serlo si nos dejamos “gestionar” por incompetentes, mediocres, y/o por los intereses representados por los lobbys y grupos de presión. La democracia es la posibilidad de que los ciudadanos elijan su gobierno y éste sea responsable de sus políticas. Para que la Unión pueda ser eficaz y democrática, sus decisiones (incluidas las relativas al presupuesto, la política exterior y de defensa y la reforma de los Tratados) deberían ser adoptadas, principalmente, por una mayoría cualificada que represente la voluntad de los ciudadanos y de los Estados europeos. El Parlamento Europeo no puede ser un cementerio de elefantes ocupados por políticos amortizados a nivel nacional y la Comisión debe convertirse en un gobierno de pleno derecho, que promueva una agenda política legitimada a través de elecciones.

Para concluir, España es uno de los países europeos menos euroescépticos, lo que no implica necesariamente que seamos fans  europeístas, y, a su vez, uno de los países donde menos han arraigado las organizaciones políticas de índole populista, xenófoba y antieuropeísta, lo que no tiene por qué significar que no existan brotes. Tal constatación merecerá una reflexión propia. Las casualidades no existen. En el caso de nuestra Comunidad, Balears, corremos el riesgo de creer que Europa, sus instituciones, no es asunto nuestro por aquello de que nuestra actividad económica es “muy autónoma” aunque debamos aceptar ciertas leyes y normativas de índole europea que afectan a nuestro quehacer. Algunos consideran que no pertenecer a la eurozona nos permitiría devaluar nuestra moneda (la peseta) y ser más competitivos. Es una percepción errónea, no sólo porque nuestros principales clientes son europeos sino también porque aunque seamos un “archipiélago” por suerte formamos parte de la estructura europea con valores comunes (políticos, económicos y sociales) que nos garantizan unos amplios y participativos niveles de cohesión social y de bienestar.

 

Antonio Tarabini-Castellani Cabot es sociólogo y presidente de la Fundació Gadeso