Autonomías
Opinión

El refugio de Montaigne

17
Jue, 16 Mar 2017

Hace ya algún tiempo, subí a mi Blog la entrada “Habermas y la Razón (I)”. En la que comenzaba explicando como, cuando estoy angustiado o agotado intelectualmente, corro a refugiarme en mis clásicos, por ejemplo en Habermas.

Pues bien, justamente hoy, he leído el recorte que tenía guardado, de un artículo de Antonio Muñoz Molina en El País. Babelia. En el mismo el gran escritor relata, como cuando arrecia la bronca pública y la temperatura del delirio, entre nosotros los españoles siempre tan alta, va llegando al punto de ebullición, su instinto le lleva a esconderse y retirarse. Y que uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho, en gran parte, de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros o, más bien, de las voces de los que los escribieron, preservadas en ellos puede que desde hace siglos.

El mundo está demasiado encima de nosotros”, decía Saúl Bellow. El chantaje de la actualidad y el descrédito de todo lo que no sea nuevo o inmediato, le acosan a uno con más furia que nunca. Por eso, por supervivencia y en busca de algo de serenidad, cuando el ruido es ya ensordecedor y nuestro cerebro está a punto de fundirse, algunos buscamos para ponernos a salvo, de forma instintiva, las voces amigas que nos acompañan y nos pacifican. Es lo mismo que cuentan que hacía Josep Pla, cuando se pasaba un día entero de invierno en la cama leyendo a Montaigne, buscando el efecto a la vez tónico y sedante, que le producía su lectura. Los escritos de Michel de Montaigne, especialmente sus famosísimos “Ensayos”, nos alivian del actual uso de la palabrería intoxicadora, y de la extraña propensión, española y antiespañola, a echar leña al fuego y preferir casi siempre lo peor a costa de lo razonable.

Actualmente el cretinismo de algunos propagadores de la ignorancia, ha puesto de moda la llamada “caducidad de los saberes”. Pero fue en las obras de escritores romanos de más de mil quinientos años atrás, donde Montaigne reconoció el diagnóstico de las debilidades y las estupideces humanas, que había presenciado él mismo: la facilidad del error, el éxito del engaño, lo incierto de las capacidades humanas, la utilidad de la ironía, la necesidad de modelar la propia vida, y el ejercicio soberano y escéptico de la razón. Viviendo también en tiempos inciertos y oscuros, sin embargo Montaigne no concedió jamás, ningún crédito intelectual a la pesadumbre, y consideró siempre que uno de los indicios más seguros de la sabiduría, era un disfrute constante de los placeres de la vida, más valiosos todavía por ser pasajeros e inseguros.

Que en la política española haya hoy mucho de monólogo mitinero, y que todo diálogo sea un diálogo de sordos y un guirigay de insultos, quizás tenga que ver con el olvido de la tradición reflexiva de Montaigne, el cual nos legó gran parte de nuestro pensamiento racional y democrático, así como el modelo de la escritura crítica.

De la trastienda de uno mismo, o de la “arrière-boutique”, en la cual, según Montaigne, hay que saber esconderse a solas, aprendió Virginia Woolf la idea de la habitación propia, que una mujer necesita para escribir. Así como en Habermas, también en Montaigne buscamos algunos, el camino para apartarnos un poco sin alharacas ni misantropía; pero sin embargo continuar estando presentes con dignidad y los ojos abiertos y, a ser posible, sin excesiva angustia. “Surtout pas trop de zèle” decía Iasaiah Berlin. Pues eso.