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Opinión

Ni optimista ni pesimista

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Jue, 16 Mar 2017

Hay un amplio debate abierto acerca de si los imputs y outputs que condicionan nuestro presente y futuro (personal, familiar, colectivo y global) son motivo justificado de actitudes pesimistas (a pesar de determinados y visibles progresos) o por el contrario lo correcto  debería ser una apuesta por el optimismo  (a pesar de visibles y tangibles desigualdades y patentes injusticias).  Los autores de tal debate son múltiples, variados y diversos. Sociólogos, psicólogos, politólogos, medioambientalistas, economistas e, incluso, algunos políticos.

Es un hecho que el mundo (los macro indicadores que afectan a los humanoides, a la madre Gaia y a sus entornos) no está peor de lo que estaba en épocas relativamente cercanas. En el año 2016 la ONU aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible con objetivos de aplicación universal, mediante los cuales los países intensificarán (¡se supone!) los esfuerzos para poner fin a la pobreza en todas sus formas, reducir la desigualdad y luchar contra el cambio climático garantizando, al mismo tiempo, que nadie se quede atrás. De momento, no va a peor, pero tampoco a mejor. “Se les ha dado pescado, pero no se le ha enseñado a pescar”.  Los conflictos regionales con miles de víctimas directas y millones de indirectas (los refugiados) y las causas estructurales del hambre y las desigualdades siguen vivas y coleando. No hay motivos para el pesimismo aunque la situación no haya mejorado, pero tampoco para el optimismo aunque no haya empeorado. Ni pesimismo ni optimismo, sino todo lo contrario.

En los países líderes en crecimiento económico y progreso (concretamente en Europa, nuestro contexto socioeconómico y  geopolítico), vivimos momentos complejos, variables y mutantes, que no nos permiten respirar tranquilamente al no tener garantizados unos niveles sensatos de estabilidad socioeconómica en un escenario político  revuelto. Los índices macroeconómicos mejoran, pero la desigualdad socioeconómica y la inestabilidad política siguen vigentes. Hace escasamente una semana se reunieron  Hollande,  presidente de Francia que en breves fechas abandonará el Elíseo; Merckel, canciller del  Gobierno alemán en capilla ante unas próximas elecciones; Gentiloni, primer ministro de un gobierno italiano débil y de transición; y Rajoy, presidente de un gobierno en minoría. Su misión, reencontrar la senda de aquel proyecto (en breves fechas conmemoraremos su 60 aniversario) de una Europa Unida política y socioeconomicamente, hoy sumida en una profunda crisis, mientras crece la presencia cada día más relevante de formaciones políticas populistas, euroescépticas, xenófobas y racistas.

Ante tal situación no resulta fácil ser optimista Es más frecuente (e incluso comprensible) refugiarse en un pesimismo concretado en el “sálvense quien pueda”, o instalarse en un escepticismo radical (también comprensible) ante el fracaso de la política para reconducir y reordenar nuestras debilidades y fortalezas haciendo uso de las instituciones democráticas. Y nos falla la política. Es un hecho que ni las derechas ni las izquierdas clásicas, ni los nuevos partidos surgidos de la crisis política, han querido y/o sabido abordar los problemas reales de los ciudadanos con inteligencia, coherencia y eficacia. Pero sigue siendo imprescindible “hacer política” si no quieres que otros la hagan otros por ti. Claudio Magri, un referente de las letras y el pensamiento europeo, afirmaba en una reciente entrevista: “Soy pesimista con la razón, optimista con la voluntad. He nacido con esa fe en la utopía y con el precoz desencanto que me ha dado la historia y me sigue dando el siglo XXI”. Ni pesimismo ni optimismo, sino todo lo contrario.

Es un hecho constatable que el tiempo, los acontecimientos, los éxitos y los fracasos, reducen el número de certezas. Y las pocas que permanecen son las que te pueden seguir dando un cierto sentido al quehacer humano, en unos momentos en lo que se están produciendo profundos y rapidísimos cambios en todos y cada uno de los factores, imputs y outputs, incluidos en nuestros quehaceres personales y colectivos.  Me aburren los pesimistas radicales y los optimistas antropológicos, y me dan pánico los maniqueos del blanco o negro. Descartes acuño el “pienso, luego existo”. Cierto es, pero un factor sustancial del pensar es la duda. La duda no es dogmática, es dialogante, es creativa, investiga y busca. No a la duda permanente mirándose el ombligo, ni a los  cagadubtes, ni a los ambiguos, ni a los cínicos, ni a los meros observadores. 

Y la política, pero no sólo ella, está saturada de excesivos políticos convencidos sólo de lo suyo y a seguir jugando con sus cartas marcadas. Concluyo con aquel poema de Bertolt Brecht: "Y tú que eres dirigente, no olvides que lo eres porque antes dudaste de los dirigentes. ¡Permite, pues, a los dirigidos dudar!” También puede ser cierto este otro aforismo “Dudo, luego existo”.

 

 

Antonio Tarabini-Castellani Cabot es sociólogo y presidente de la Fundació Gadeso